Un vampiro para dos (1965) - Reseña Rebañada



TEXTO ÍNTEGRO


Vi «Un vampiro para dos», también llamada en México «La mansión de los vampiros». En un principio, sólo vi esta comedia de 1965 porque salía el castillo de mi pueblo. Al final, las mejores partes son las de antes de que salga mi pueblo.


A día de hoy, el primer valor de esta película es su valor documental. Las secuencias iniciales te dejan ver de primera mano el Madrid de mediados de los sesenta. ¡Sobre todo, porque te dejan entrar al Metro! Es muy grato entrar a pie en la estación de Plaza de España de hace medio siglo. Pedro Lazaga no sabía el favor que hacía a la posteridad.


El Metro de Madrid siempre se ha hecho de rogar a la hora de permitir rodajes en sus trenes y estaciones.

Me viene a la mente la escena con que empieza «Tesis», de Alejandro Amenábar. Supuestamente debía ser el Metro de Ciudad Universitaria, pero tuvieron que filmar en una estación de tren de Cercanías, la de Doce de Octubre.

También recuerdo aquella escena de «Nos miran» donde Carmelo Gómez accede a un subterráneo de la Plaza Mayor y aparece en una estación del Metrosur, fuera de la capital. ¡Por lo menos era el Metro!

Por no hablar de la serie recién estrenada de «Memorias de Idhún». ¿Qué crees? ¿Que la hicieron en animación para poder tener batallas de fantasía con serpientes aladas y espadas de fuego? ¡No, la hicieron en animación para poder usar la estación de Sol!


J. L. López Vázquez interpreta a Pablito, un pluriempleado que nunca puede pasar tiempo con su esposa, Luisita, porque sus horarios laborales no coinciden.

Luisita está interpretada por Gracita Morales. Se amolda a la perfección al humor absurdo de buena parte del filme. Se nota que se divirtió durante la sonorización.


Yo dividiría esta película en 3 partes.

Parte de Madrid: dura un cuarto de hora y es lo que merece la pena ver.

Parte del viaje a Düsseldorf: desde los 16 hasta los 56 minutos. También tiene partes divertidas, pero va decayendo.

Parte absurda: de ahí al final. Para sobrevivir a esta parte, tienes que haber leído muchos tebeos de Bruguera.


La parte de Madrid es ingeniosa. Cuando la veía, me preguntaba por qué ciertas personas decían que «Un vampiro para dos» era una película pésima. Tiene mucha crítica de la sociedad de aquellos años, pero no te la cuentan de una forma lastimosa, como en el cine español de finales del siglo XX. Te la cuentan con energía.

Pablito se levanta de madrugada para acudir a uno de sus muchos empleos y el director te transmite ese sentimiento de levantarse con prisas con un truco tan simple como acelerar la escena a cámara rápida.

Esta película funciona con mecanismos muy sencillos; que no simples. Hay mucha humanidad en este primer cuarto de hora. Pablito y Luisita podrían ser cualquiera de nuestros abuelos, viviendo el día a día con añoranza de aquella semana de luna de miel en el Monasterio de Piedra. Es muy costumbrista todo.

Después de una persecución muy esperpéntica por el Parque del Oeste y la Plaza de España, la pareja decide mudarse a Alemania.


Si Pedro Lazaga aceleró la escena del madrugón para reírse de lo apresuradas que son esas mañanas, se tomó su tiempo en la escena del aeropuerto. Se hace larga a propósito. Los viajes en avión son así de desesperantes, y más cuando los protagonistas son adorablemente torpes.

Sin embargo, si las secuencias del castillo se hicieron a las afueras de Madrid, lo que no sé es por qué se molestaron en filmar exteriores en Düsseldorf. Los tonos y registros humorísticos del inicio y del final no podrían ser más distintos.

Mi teoría es que Pedro Lazaga intentó hacer una sátira de los españoles que emigraban y en algún momento se toparon con la censura. Había que disimular de alguna manera y hubo que decir:

«¡No, señores censores! ¡No queremos deshonrar la imagen de España! En realidad, faltan por escribir unos cuantos diálogos porque después... va a salir... ¡un vampiro! Si, eso es, un vampiro. Y haremos muchos chistes de ajo y de sangre y de toros... ¡Ya verán que díver!»

Y por eso la segunda mitad son puros chistes bobos.


La película podría haber finalizado con más dignidad de haberse presentado como un cortometraje. Tiene dos buenos puntos donde terminar. Uno es durante la escena del aeropuerto, que podría ponerse de fondo durante los créditos finales. Y el otro es cuando están viendo los escaparates de Düsseldorf y J. L. López Vázquez dice:

«¿Ves? ¿Lo ves? ¡Aquí también hay socavones!»


¡Imagina que acabase ahí! ¡Chistaco!


Pero ya que habían viajado a Düsseldorf, tenían que pagar toda la apuesta. Tenían que entrar al servicio del conde de Rosenthal.

En el minuto 34, un carro muy de «Nosferatu» lleva a la pareja a la avenida de la Selva Negra nº 510. El exterior del castillo del conde está filmado en San Martín de Valdeiglesias. Pero hay un truco de montaje. En cuanto los protagonistas cruzan los dos arcos de entrada, cambiamos a la puerta del castillo de Batres, a unos 60 kilómetros de ahí. Todo el interior del castillo está filmado allá. A menos que me equivoque, lo único que llegamos a ver del interior del castillo de San Martín es ese plano del cuarto de baño con azulejos que no tiene nada que ver con la trama.


Fernando Fernán-Gómez, tremenda presencia, es el vampiro. Tiene un par de momentos bastante simpáticos, pero sus chistes son muy viejos. ¿Y si un vampiro quisiera ligar en un bar de copas? ¿Y si un vampiro comprase plasma sanguíneo en la farmacia de la esquina? Las generaciones actuales ya han pensado en todas estas situaciones. Piensen que tuvimos que sobrevivir a «Crepúsculo».

Además, en ocasiones, Fernando Fernán-Gómez pone una cara de estar riéndose que me recuerda a esos personajes de los mangas de Ken Akamatsu que les dan un golpe y parece que se ríen. No sé si será por las prisas o por no tomárselo en serio, pero te saca de la peli.


Los diálogos siguen mostrando lucidez en determinados momentos. Pero la verdad, lo único que recuerdo con simpatía es cuando se ponen a recitar frases del teatro clásico.

«¡Sincero boticario, tus plasmas son activos!»

No sé por qué se ponen a recitar de la nada «Romeo y Julieta» o «Don Juan Tenorio», pero a mí esas chorradas me gustan.


La última media hora es muy absurda.

Podría recomendar la peli como una producción infantil, pero tampoco creo que cualquier niño pueda disfrutar la primera media hora. ¡Demonios, la peli cambia de tono cada quince minutos! Así que la recomendaré como si fuera un cortometraje.

Vean «Un vampiro para dos» como un cortometraje que termina al cuarto de hora o a la media hora. Según lo que aguanten.

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